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martes, 4 de abril de 2017

Eli


Empecé como muchos otros, en una rondalla.

Mi primer guitarra fue un requinto que le compré al "Rorro", entonces prefecto de la prepa. Pasé mi tiempo libre entre los rondalleros y el grupo de música latinoamericana, en el que estaba Bri, la chica que me trajo trapeando el piso durante tres años y que jamás me hizo caso. Como pueden suponer, nomás aprendí a rascar las cuerdas tocando los infernales "círculos" y acompañar a mis cuates a llevar serenatas completamente olvidables.

Al salir de la cárcPREPARATORIA, conocí a un baterista, un músico que toca la batería, no de los que roban las de los autos. Con su grupo, comenzaron los intentos de tocar canciones más "complicadas" que nunca salieron completas, salvo cinco excepciones, ayudado por los guitarristas y el bajista. Una de esas piezas, mi favorita de toda la vida.

A finales del año 2000, falleció mi papá.

La guitarra que me regaló, la primera "de verdad", se convirtió en un adorno que no volví a tocar. Tenía las ganas pero ya no me sentía bien con ella.

Acompañando a un amigo, meses después, a comprar un estuche para su guitarra (una Yamaha electroacústica color negro a la que le puso el original apodo de "morena") a una de las dos tiendas de instrumentos en la ranchópolis, encontré a la compañera que estaría a mi lado en los momentos más felices y negros de mi existencia.

Era una de guitarra electroacústica marca Honher color avellana, tenía unas cuerdas de de nylon negro y de entorchado dorado que le daban un sonido apagadón, nada sorprendente. No fue amor a primera vista. Lo importante era el costo, excelente para una guitarra de esas características. Tardé una semana en decidirme y al final, la compré.

Cuando la tuve en la casa, lo primero que hice fue cambiar las cuerdas por unas de nylon blanco y entorchado plateado. Siempre me ha gustado mucho el sonido que le dan. En ese entonces, no tenía una bocina, amplificador o donde conectarla para probar las pastillas, tuve que hacerlo en casa de mi amigo el baterista.


Oh, por los tentáculos de Nuestro Gran Amo, Señor y Devastador CTHULHU! Qué sonido tan hermoso!

Mi amigo, de nombre Luis, quedó encantado y hasta me pidió que le permitiera usarla para realizar algunas grabaciones. Algo a lo que accedí en sólo tres ocasiones con resultados preciosos. Decidí llamarla Eli, por razones que necesitan otro espacio para ser contadas.


La llevaba conmigo cuando iba a la facultad, a jugar basquet y con los amigos, con ella empecé a coquetear con quien se convertiría en el amor de mi vida. Incluso le llevé serenata a su mamá en un diez de mayo, acompañado por tres de mis mejores amigos. Al año siguiente, el novio de su hermana hizo lo mismo con su grupo de rock, la señora, muy alegre, los despidió diciendo "Esta si es una serenata que vale la pena". No volví a llevar otra, a nadie, desde entonces.

Cuando Ella decidió irse, Eli me acompañó muchas noches, su sonido me provocaba un alivio superficial. Seguí tocando pero sólo para mi, en privado. Creo que nadie más escuchó de nuevo el sonido de Eli.

Un día decidí no volver  tocar.

Así, repentinamente. No estaba cansado o aburrido, simplemente, no quise volver a hacerlo. Eli se quedó guardada en su estuche y no volvió a ver la luz hasta el día en que le dije adiós. Aquél amigo al que acompañaba el día que la vi, fue el encargado de encontrar comprador. No supe quien se la llevó, sólo me aseguró que era alguien que apreciaría el sonido de aquella guitarra y la cuidaría como yo lo había hecho.

No he vuelto a tocar un instrumento musical desde entonces y no lo extraño.

Luego de aquello, una de las personas a quien más quiero me pidió que le grabara un video con una canción que le gusta. Por más que quise complacerla, no pude. Aún recordando cada nota, cada estrofa, la voz no salió y los dedos se quedaron congelados. Algo dentro de mi sigue roto y no me interesa repararlo.

Eso fue hace pocos años, hoy, mientras escribo, los recuerdos se amontonan y las anécdotas reviven en mi memoria como si apenas hubieran pasado unas semanas.

Observo a mi alrededor y veo los videojuegos, las consolas, las figuras de colección, los rompecabezas, las películas, las herramientas y los libros que sustituyeron a Eli. Cada uno de ellos tiene una historia, cada uno de ellos llegó en un momento particular a mi vida, pero ninguno que me acompañara tanto tiempo, ni en momentos tan difíciles, como aquella guitarra color avellana.









Eli, mi Eli



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